viernes, 26 de julio de 2019

Maestro, enséñanos.

Que importante es aprender a pedir no que nos den el pez sino que nos enseñen a pescar, es lo que pidieron los discípulos. no se quedaron con decir "Maestro danos" sino: enséñanos. Claro que esta enseñanza de Jesús trae un compromiso enorme, como siempre, no es tan fácil seguir a Dios, pero como siempre, vale la pena.   .   

Maestro, enséñanos.


XVII Ordinario "C"

Gn. 18, 20-32         Sal 137           Col. 2, 12-14          Lc. 11, 1-13


Ya hemos dicho que Jesús no tuvo una vida color de rosa, no tuvo una vida sencilla, pero si tuvo una vida que se antojaba. A lo largo de nuestra vida conocemos personas que envidiamos no únicamente por lo que tienen sino por lo que son capaces de crear. Por ejemplo, si conocemos a alguien con mucho dinero, que viaja, que se puede comprar lo que quiere, en el fondo no envidiamos el dinero en si mismo, sino la capacidad que tiene, el talento, la valentía, que lleva a esa persona a producir lo que desea. De otros envidiamos la capacidad de llevarse de lo mejor con su pareja a pesar de años de estar casados; Envidiamos, la capacidad de algunos de no dejarse vencer por las adversidades de la vida; Envidiamos la facilidad para organizar su vida y poder tener todo en orden y bajo control. 

Así la vida de Jesús era envidiable, era un hombre con porte, que con su sola presencia impactaba, un hombre que al escucharlo todo mundo quedaba maravillado, un hombre que con una sola mirada era capaz de mover el corazón de quien le veía a los ojos. Y sus discípulos, lograron descubrir de donde sacaba esa personalidad que lo llevaba a conquistar corazones: de la oración. Sabían que en la oración Jesús encontraba la fuerza y -digamos- el carisma, pero ¿Que clase de oración era?, es por eso que en el Evangelio que escuchamos hoy, uno de sus discípulos se acerca a Jesús y en nombre de todo el grupo le pide: "Señor, enséñanos a orar".

Y la respuesta de Jesús no es algo que nos esperaríamos, porque Jesús respondo con una parábola en la que un amigo le pide a otro un pan y dice el Señor, que aquel se levanta a dárselo NO porque era su amigo, sino por su "molesta insistencia", es decir, aquél a quien le pedía el pan se levanta porque estaba fastidiado de la insistencia de su amigo. Y sigue diciendo Jesús "Así también les digo a ustedes: Pidan [...], Busquen [...], y toquen" ¿La clave está en una molestia insistencia? ¿La clave esta en fastidiar a Dios? La respuesta indudablemente es: .

Aquí alguien podría argumentar, «Yo conozco a mucha gente que pide lo mismo a Dios día y noche, a cada momento a cada oportunidad y ya llevan años pidiendo lo mismo y aún así no han obtenido de Dios lo que piden»

Eso es porque esa insistencia no tiene que ir sola, esa insistencia tiene que ir acompañada de un ofrecimiento. Sobre todo un ofrecimiento hacia el hermano, hacia el prójimo. Porque en la misma respuesta que da el Señor, nos deja el Padrenuestro en el que rezamos, "perdóname como yo perdono a quien me ofende", si mi insistencia es  que Dios me perdone yo soy el que también con mucha insistencia tengo que perdonar.

 Si hay algo que deseo yo también tengo que ser capaz de darlo aunque sea en menor medida, al igual que lo hizo Abraham en la primer lectura que le insistía a Dios que perdonara la ciudad y a cambio le mostraría (ofrecería) 50 hombres justos. Lo interesante es que Abraham fue reconociendo que quizá no era posible cumplir su promesa, por eso le fue bajando, de 50 hombres justos hasta 10 hombres justos.

Igual nosotros tenemos que demostrarle a Dios aunque sea poco pero insistentemente que somo capaces de hacer algo distinto. No nos esforcemos en hacer cambios totales en nuestra vida de la noche a la mañana, esforcémonos en pequeños cambios insistentes que nos lleven poco a poco ir transformando radicalmente nuestra vida.

Comencemos por pequeñas pero profundas miradas de amor para con nuestros semejantes, comencemos con sencillas palabras de cariño, comencemos con pequeños gestos de alegría, y algo tan pequeño pero que sea insistente, continuo, podrá producir grandes cambios. Así como el amigo es insistente, nosotros seamos insistentes en el amor, en el perdón, en la misericordia. Seamos insistentes en la oración, para que al igual que Jesús nuestra vida se antoje.

No seamos que como aquellos que insisten en quejarse, en ver lo malo de la vida, gente que insiste en que todo va de mal en peor, que insisten en la mentira, en la hipocresía, no imitemos a la gente que insiste en los vicios. Al contrario que nuestra vida sea un continuo estar insistiendo en vivir conforme al Señor así nuestra vida predicará un Dios que esta con nosotros y podremos decir junto con el salmista "Señor, tu amor perdura eternamente; obra tuya soy, no me abandones" .


Alberto, pbro.




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