El amor es la fuerza que nos capacita para alcanzar nuestros objetivos, el amor es aquello que necesitamos para alcanzar nuestros sueños, si no amamos lo que hacemos se convierte en una carga, pero si amamos lo que hacemos se convierte en oportunidades, así el amor nos lleva a dejar todo aquello que no necesitamos nos lleva a dejar de pecar. .
No vuelvas a pecar.
V Cuaresma "C"
Is. 43, 16-21 Sal 125 Fil. 3, 7-14 Jn. 8, 1-11
¡Yo quiero ser famoso! '¡Yo quiero ser un gran empresario!
¡Yo quiero poder viajar! ¡Yo quiero terminar mi carrera! ¡Quiero poner mi
propio negocio! ¡Yo quiero mejorar mi salud! Si se trata de querer, queremos
muchas cosas. Y escuchamos que nos dicen, pues basta con querer para poder.
Pero si queremos con todo nuestro corazón ¿Por qué no suceden las cosas? Bueno,
San Pablo nos dice en la segunda lectura, que no basta con querer hay que
hacerlo de la mano con Jesús, lo que significa que las cosas hay que hacerlas
por amor, con amor, y para el amor. Es por eso que San Pablo tuvo la fuerza y
la valentía de evangelizar a tantos pueblos, porque no solo quería hacerlo,
sino que amaba lo que hacía y ese amor lo llevó a convertirse en uno de los más
grandes misioneros que el mundo ha conocido y tanto amó que llegó a decir “nada
vale la pena comparado con conocer a Cristo Jesús”. El amor que es Jesús, nos
impulsa a poder amar lo que deseamos y amando tendremos las fuerza para
emprender el camino hacia aquello que nos impulsa nuestro corazón. Poniendo
sobre todo y sobre todos a Jesús, es decir, al amor.
Aunque podríamos preguntarnos ¿cómo voy a poner a Jesús
sobre mis hijos? ¿Cómo voy a poner a Jesús antes que a mi esposo o a mi esposa?
¿Cómo voy a poner a Cristo antes que a mi trabajo? Sí, hay que poner a Jesús
sobre todas las cosas, pero, ojo, esto no significa que voy a dejar de atender
a mis hijos o a mi esposo o mi esposa por venir a la Iglesia, tampoco que vaya
a poner de pretexto que no voy a trabajar por estar en la Iglesia. Amar a
Cristo, es darnos el tiempo, para asistir a la Eucaristía por lo menos los
domingos, me voy a dar el espacio para orar un momentito todos los días, voy a
buscar la confesión por lo menos una vez cada dos meses, voy a darme tiempo
para asistir a una Hora Santa, vivir algún retiro. Porque en la medida en que
nos acerquemos a Jesús, el mismo nos lleva a cumplir con nuestra vida, y no
solo a cumplirla, sino a amarla, a vivirla plenamente. Así yo como sacerdote,
estoy invitado a tener esa unión con Jesús para poder amar mi sacerdocio y que
no se empiece a hacer pesado. Tu como esposo o esposa, estas llamado a vivir
cerca de Jesús, para que alimentándote de Él en la Eucaristía, en su palabra,
te lleve a amar tu matrimonio, a tu pareja a tus hijos y que la familia no se
convierta en fastidio sino en fuente de felicidad. Si nos organizamos y buscamos
esos tiempos importantes para estar con Dios, entonces aprenderemos a amar
nuestro trabajo y de ser una carga pasará a ser esa oportunidad y una bendición
para conseguir los bienes materiales que también son necesarios.
Nos damos cuenta, que el Amor (con mayúscula) nos mueve a
ver con ojos distintos nuestra realidad. Pero el Amor así como nos da, así
también nos exige. Le presentaron a Jesús a una mujer sorprendida en adulterio,
y Cristo, le dio mucho a esa mujer, le dio la vida, porque estaban a punto de
apedrearla, le devuelve la oportunidad de vivir. "Yo tampoco te
condeno" –le dijo-, pero después de estas palabras, le recuerda la responsabilidad
que ahora ella adquiría: "Vete y ya no vuelvas a pecar". Le hizo a
ver a esa mujer que estaba perdonada, pero que ahora tenía en sus propias manos
su vida, de que ahora era responsable de sí misma, y que tenía que hacer todo
lo necesario para conservar esa gracia que Jesús le había regalado, porque ese
perdón la capacitaba para reconocer lo que ella valía.
Pero a aquella mujer no fue a la única que le exigió, porque
momentos antes de que la absolviera de sus culpas, los hombres que se la habían
presentado a Jesús, le dijeron: "Maestro esta mujer ha sido sorprendida en
adulterio. La ley manda apedrear a estas mujeres" ¡Qué fácil es darnos
cuenta cuando alguien se equivoca, que fácil es señalar los defectos y los
errores de los demás! pero Cristo, invita a aquellos hombres a mirarse a sí
mismos: "Aquel que de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera
piedra" Porque ¡cómo nos empeñamos en cambiar el mundo! cuanto esfuerzo
hacemos por hacer que los demás cambien, que los demás se conviertan, pero que
poco hacemos para mirar nuestros propios errores, y darnos cuenta que tenemos
mucho que cambiar, que tenemos mucho que mejorar, que siempre hay algo que
aprender. El Señor Jesús les exige cambiarse a sí mismos, nos invita a
contemplarnos y a darnos cuenta que al igual que a la mujer, el Señor está
dispuesto a perdonarnos en el Sacramento de la reconciliación, nos invita a
voltear a nosotros mismos, y darnos cuenta que no estamos libres de pecado pero
que podemos estarlo si nos acercamos a Él y si estamos dispuestos a cambiar de
vida, a dejar nuestros vicios, nuestros errores para empezar de nuevo.
El Señor el día de hoy
te mira con amor y te dice: “Yo tampoco te condeno” y también con ese
mismo amor sabiendo de lo que eres capaz de hacer te exige: "Vete y ya no
vuelvas a pecar".
Alberto, pbro.
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