CITAS BÍBLICAS DE LA MISA
Jer. 17, 5-8; Salmo 1; 1a Cor. 12. 16-20; Lc. 6,17.20-26
Se está
yendo la gente de la Iglesia, ¡pues claro que se está yendo!, después
de oír esto, cualquiera quisiera salir corriendo de aquí. Cómo
que: Dichosos los pobres, ay de ustedes ricos; dichosos los que
tienen hambre, ay de ustedes los que se hartan; dichosos los que
lloran ay de ustedes que ríen; dichosos a los que aborrezcan, ay de
ustedes a quienes admiran.
¿Dichosos
los pobres? No se ustedes pero cuando yo me siento pobre me siento de
lo peor, me siento desesperado, cuando tengo hambre me siento
malhumorado, cuando lloro no quiero estar con nadie siento que no
puedo, que no hay nada que valga la pena, cuando me aborrecen me
siento rechazado odiado, y en esto no encuentro para nada la dicha.
Será que
Dios se empeña en hacer de nosotros personas deprimidas,
desilusionadas, abatidas, indefensas, pesimistas y desesperadas.
Pues sí,
pareciera que sí… pero llega San Pablo en su epístola a los
Corintios y nos dice “si nuestra esperanza
se redujera tan sólo a las cosas de esta vida, seríamos los más
infelices de todos los hombres”. Y ahí se
esconde un gran secreto. Cuando reducimos todo únicamente a lo
vemos, a lo que escuchamos, a lo que tocamos, nos vamos a sentir
infelices, por eso el Señor Jesús nos decía en el Evangelio ay de los pobres y de los que se hartan, de los que ríen, porque cuando ponemos toda nuestra felicidad en el tener, nos sentimos vacíos pero cuando aprendemos a vivir más allá de lo que
nuestros sentidos físicos nos muestran, cuando convivimos y aprendemos de nuestra pobreza, de nuestra tristeza de nuestras limitaciones entonces alcanzamos a ver la
realidad de una manera distinta que nos lleva a superar la
adversidad, y lo más importante, nos lleva a aprender a vivir esa
adversidad para poder superarla.
Porque así
fue la vida de Cristo, Jesús aprendió a vivir cada momento,
sabiendo que, ese era su momento, es decir, aprovechaba,
experimentaba agradecidamente su presente, su aquí y su ahora,
independientemente de cual fuera su realidad, porque ¿Jesús
era pobre?, si, él dijo, no tengo donde
recostar la cabeza… ¿era rico?, si, nunca le falto nada, tenia
para pagar sus impuestos cuando mando a Pedro, era amigo de
publicanos de gente adinerada, se dejo consentir con una
extravagancia: dejó que ungieran sus pies con un perfume costoso.
¿Jesús pasó hambre?
Y vaya que pasaba hambre, sobre todo cuando duró 40 días en el
desierto sin comer ni beber, pero Jesús también iba a banquetes, y
por eso decían que era un glotón y un bebedor, -en una ocasión
hasta les regalo 600 litros de buen vino a unos novios- ; Jesús
lloró de angustia y miedo en Getsemaní, de tristeza
ante la muerte de su amigo Lázaro; pero Jesús
también reía con sus discípulos y
compartía momentos extraordinarios con ellos y su familia; A Jesús
lo aborrecieron, tanto
que buscaban el momento de matarlo, lo arrestaron, lo golpearon, lo
humillaron. Pero a Jesús también lo
alababan, tanto que la gente se agolpaba para
tocarlo, para verlo, tanto lo admiraban que en algunas ocasiones lo
querían coronar Rey…
Es decir,
Jesús no se dejaba "apantallar" por los buenos momentos ni se dejaba
derrotar por los malos, no se creía superior cuando la gente lo
alababa ni se derrumbaba cuando era despreciado y lo insultaban. ¿Sentía?
Claro que sí, se sentía contento y orgulloso cuando la gente estaba
contenta con él y se sentía triste cuando lo despreciaron sus
propios discípulos, ¡claro que sentía! como nosotros sentimos,
pero no se dejaba llevar únicamente por una emoción, no se dejaba
arrastrar únicamente por un impulso…
Por eso nos
decía el profeta Jeremías, “Maldito el
hombre que confía en el hombre”, es decir,
el hombre que se deja llevar únicamente por lo que siente, el hombre
que se deja llevar únicamente por un arranque, el hombre que se deja
llevar por un momento, pierde el rumbo… Pero el que confía en el
Señor es capaz de ver su propia vida y de tomar las rendas de su
existencia para llevarla a buen término.
Alberto
Lozano decía muy atinadamente “Eres grande cuando sabes sentir,
cuando sabes reír cundo sabes llorar, eres hombre si es que sientes
temor, si es que temes sufrir, si es que sientes rencor, pero dejas
de ser hombre cuando solo el sentimiento sin razón guía tu vida,
porque sin razón no hay hombre entero”
Aprendamos a
confiar en nosotros y a confiar en Dios, aprendamos a vivir cada
momento de nuestra existencia como lo hubiera hecho Cristo y hagamos
realidad lo que respondíamos en el salmo: “dichoso el hombre que
confía en el Señor”
Alberto, pbro. diocesano.
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