domingo, 17 de febrero de 2019

Domingo VI Ordinario Ciclo C


CITAS BÍBLICAS DE LA MISA

Jer. 17, 5-8; Salmo 1; 1a Cor. 12. 16-20; Lc. 6,17.20-26

HOMILÍA

Se está yendo la gente de la Iglesia, ¡pues claro que se está yendo!, después de oír esto, cualquiera quisiera salir corriendo de aquí. Cómo que: Dichosos los pobres, ay de ustedes ricos; dichosos los que tienen hambre, ay de ustedes los que se hartan; dichosos los que lloran ay de ustedes que ríen; dichosos a los que aborrezcan, ay de ustedes a quienes admiran.

¿Dichosos los pobres? No se ustedes pero cuando yo me siento pobre me siento de lo peor, me siento desesperado, cuando tengo hambre me siento malhumorado, cuando lloro no quiero estar con nadie siento que no puedo, que no hay nada que valga la pena, cuando me aborrecen me siento rechazado odiado, y en esto no encuentro para nada la dicha.

Será que Dios se empeña en hacer de nosotros personas deprimidas, desilusionadas, abatidas, indefensas, pesimistas y desesperadas.

Pues sí, pareciera que sí… pero llega San Pablo en su epístola a los Corintios y nos dice “si nuestra esperanza se redujera tan sólo a las cosas de esta vida, seríamos los más infelices de todos los hombres”. Y ahí se esconde un gran secreto. Cuando reducimos todo únicamente a lo vemos, a lo que escuchamos, a lo que tocamos, nos vamos a sentir infelices, por eso el Señor Jesús nos decía en el Evangelio ay de los pobres y de los que se hartan, de los que ríen, porque cuando ponemos toda nuestra felicidad en el tener, nos sentimos vacíos pero cuando aprendemos a vivir más allá de lo que nuestros sentidos físicos nos muestran, cuando convivimos y aprendemos de nuestra pobreza, de nuestra tristeza de nuestras limitaciones entonces alcanzamos a ver la realidad de una manera distinta que nos lleva a superar la adversidad, y lo más importante, nos lleva a aprender a vivir esa adversidad para poder superarla.

Porque así fue la vida de Cristo, Jesús aprendió a vivir cada momento, sabiendo que, ese era su momento, es decir, aprovechaba, experimentaba agradecidamente su presente, su aquí y su ahora, independientemente de cual fuera su realidad, porque ¿Jesús era pobre?, si, él dijo, no tengo donde recostar la cabeza… ¿era rico?, si, nunca le falto nada, tenia para pagar sus impuestos cuando mando a Pedro, era amigo de publicanos de gente adinerada, se dejo consentir con una extravagancia: dejó que ungieran sus pies con un perfume costoso. ¿Jesús pasó hambre? Y vaya que pasaba hambre, sobre todo cuando duró 40 días en el desierto sin comer ni beber, pero Jesús también iba a banquetes, y por eso decían que era un glotón y un bebedor, -en una ocasión hasta les regalo 600 litros de buen vino a unos novios- ; Jesús lloró de angustia y miedo en Getsemaní, de tristeza ante la muerte de su amigo Lázaro; pero Jesús también reía con sus discípulos y compartía momentos extraordinarios con ellos y su familia; A Jesús lo aborrecieron, tanto que buscaban el momento de matarlo, lo arrestaron, lo golpearon, lo humillaron. Pero a Jesús también lo alababan, tanto que la gente se agolpaba para tocarlo, para verlo, tanto lo admiraban que en algunas ocasiones lo querían coronar Rey…

Es decir, Jesús no se dejaba "apantallar" por los buenos momentos ni se dejaba derrotar por los malos, no se creía superior cuando la gente lo alababa ni se derrumbaba cuando era despreciado y lo insultaban. ¿Sentía? Claro que sí, se sentía contento y orgulloso cuando la gente estaba contenta con él y se sentía triste cuando lo despreciaron sus propios discípulos, ¡claro que sentía! como nosotros sentimos, pero no se dejaba llevar únicamente por una emoción, no se dejaba arrastrar únicamente por un impulso…

Por eso nos decía el profeta Jeremías, “Maldito el hombre que confía en el hombre”, es decir, el hombre que se deja llevar únicamente por lo que siente, el hombre que se deja llevar únicamente por un arranque, el hombre que se deja llevar por un momento, pierde el rumbo… Pero el que confía en el Señor es capaz de ver su propia vida y de tomar las rendas de su existencia para llevarla a buen término.

Alberto Lozano decía muy atinadamente “Eres grande cuando sabes sentir, cuando sabes reír cundo sabes llorar, eres hombre si es que sientes temor, si es que temes sufrir, si es que sientes rencor, pero dejas de ser hombre cuando solo el sentimiento sin razón guía tu vida, porque sin razón no hay hombre entero”

Aprendamos a confiar en nosotros y a confiar en Dios, aprendamos a vivir cada momento de nuestra existencia como lo hubiera hecho Cristo y hagamos realidad lo que respondíamos en el salmo: “dichoso el hombre que confía en el Señor”


Alberto, pbro. diocesano.

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